Los días imposibles: las peores etapas de la historia de las tres grandes
- La Ronde

- hace 1 día
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Cada gran vuelta recuerda algunos días que no deberían haber sucedido. Etapas concebidas en contra de los ciclistas, días en los que el clima anuló la competición, distancias que hoy serían inimaginables. Este es un recorrido por los días imposibles del Tour, el Giro y la Vuelta. No por las mejores etapas: por las peores. Que son, casi siempre, las que fundaron la leyenda.
La era de la desmesura: cuando la distancia era el enemigo
El ciclismo de las primeras décadas no medía la dureza en porcentajes sino en kilómetros. La etapa más larga jamás disputada en el Tour de Francia sigue siendo la de 1919 entre Les Sables-d'Olonne y Bayona: 482 kilómetros de una tirada, en un país recién salido de la Gran Guerra, con carreteras destruidas y corredores que habían pasado cuatro años en las trincheras. Se salía de noche y se llegaba de noche.
El Giro fue aún más lejos en concentración de sufrimiento. El de 1914 es, por consenso casi unánime, la gran vuelta más dura jamás disputada: ocho etapas para más de 3.100 kilómetros, con una media cercana a los 400 kilómetros por jornada y una etapa, entre Lucca y Roma, de 430 kilómetros, la más larga de la historia de la corsa rosa. Tomaron la salida 81 corredores. Llegaron a Milán 8. Ganó Alfonso Calzolari, un nombre que la historia recuerda menos que la cifra de supervivientes.
La Vuelta, nacida en 1935, heredó el modelo tardíamente: sus primeras ediciones incluyeron etapas que superaban los 300 kilómetros, disputadas sobre carreteras que hacían parecer buenas las francesas de 1919.
Aquellas distancias no eran un accidente. Eran el producto. Los periódicos organizadores vendían ejemplares con relatos de hombres solos en la noche, y cuanto más inhumana la etapa, mejor la crónica. El corredor era la materia prima de una industria editorial.
Bayona y Luchon, 1926: la peor etapa de la historia del Tour
Si hay que elegir un solo día, los historiadores del Tour suelen coincidir: 6 de julio de 1926, Bayona a Luchon, 326 kilómetros por Aubisque, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. El mismo trazado que había consagrado a Lapize y arruinado a Christophe, pero esta vez bajo una tormenta pirenaica de proporciones bíblicas: lluvia helada, niebla, barro, temperaturas invernales en pleno julio.
El belga Lucien Buysse llegó a Luchon tras más de 17 horas de carrera. Detrás de él, el Tour se desintegró: corredores refugiados en bares y granjas, otros perdidos en la montaña, la organización enviando coches de noche a buscar hombres por las cunetas. Hubo que ampliar los tiempos de corte para no eliminar a media carrera. Buysse, que corría con el luto reciente de la muerte de su hija, ganó aquella etapa y aquel Tour. Ningún guionista se habría atrevido.
Los días blancos: cuando el Giro se corre en invierno
El Giro tiene una especialidad propia: la nieve en mayo. Dos fechas dominan el género.
Monte Bondone, 8 de junio de 1956. Etapa de Merano a Trento bajo una nevada que convirtió la carrera en una evacuación. Los corredores abandonaban por decenas, algunos retirados en brazos, incapaces de soltar el manillar por la congelación. Charly Gaul, el Ángel de la Montaña, atravesó la tormenta como si fuera su hábitat natural, ganó la etapa, se vistió de rosa y ganó aquel Giro. Fue menos una exhibición que una diferencia de especie.
Paso Gavia, 5 de junio de 1988. La versión moderna del mismo infierno: ventisca sobre la carretera de tierra del Gavia camino de Bormio. Erik Breukink ganó la etapa, pero el día pertenece a Andy Hampsten, que cruzó el puerto cubierto de hielo, tomó la maglia rosa y se convirtió en el primer americano en ganar el Giro. Las fotografías de aquella jornada, corredores irreconocibles bajo la nieve, son probablemente las imágenes más reproducidas de la historia de la carrera. El día más cruel produjo el mejor archivo.
El calor también mata: Ventoux, 1967
La peor etapa no siempre es la más espectacular. El 13 de julio de 1967, hoy hace exactamente 59 años, el Tour subía el Mont Ventoux bajo un calor asfixiante. Tom Simpson, campeón del mundo en 1965, se derrumbó a menos de dos kilómetros de la cima y murió sobre la carretera, con anfetaminas en los bolsillos y alcohol en el cuerpo. Su memorial en la ladera del Ventoux es hoy lugar de peregrinación. Aquella jornada obligó al ciclismo a mirar por primera vez, aunque tardara décadas en actuar, el precio real de la desmesura que llevaba medio siglo vendiendo.
La Vuelta y su montaña imposible: Angliru, 2002
La Vuelta moderna aportó al género su propio capítulo: el Angliru, estrenado en 1999 entre la niebla con victoria de José María Jiménez, y convertido en 2002 en la etapa más caótica del ciclismo reciente. Lluvia sobre rampas del 23%: los coches de equipo no podían subir, los mecánicos empujaban a pie, corredores caminando. David Millar cruzó la línea a pie, se quitó el dorsal y lo arrojó al suelo en protesta: dijo que los corredores no eran animales de circo. La frase quedó como el manifiesto involuntario de una pregunta que ninguna de las tres grandes ha respondido del todo: dónde termina la épica y dónde empieza el espectáculo a costa del corredor.
La lección de los días imposibles
Las tres grandes han recorrido el mismo arco: de las etapas de 400 kilómetros a jornadas que rara vez superan los 200, de la desmesura como producto a la seguridad como protocolo. Y sin embargo, los días que la memoria conserva siguen siendo los peores. Nadie recuerda la etapa perfecta de 1988; todo el mundo recuerda el Gavia.
Ahí hay una verdad incómoda que el ciclismo administra desde 1903: la épica necesita una dosis de catástrofe, y el deporte moderno consiste en fabricar esa dosis sin cruzar la línea que cruzó el Ventoux en 1967. Las peores etapas de la historia no son una colección de anécdotas. Son el mapa de los límites del deporte, dibujado por los que los sufrieron.


