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Dos veces la misma montaña: el Alpe d'Huez y la memoria de 1979

  • Foto del escritor: La Ronde
    La Ronde
  • 23 jul
  • 5 min de lectura

El Tour de Francia 2026 vende su final como un acontecimiento inédito: dos llegadas consecutivas a Alpe d'Huez, el fin de semana previo a París, la montaña más mediática del ciclismo repetida en veinticuatro horas. La organización lo presenta como una primicia histórica. No lo es. El Alpe ya se subió dos días seguidos, y ocurrió hace casi medio siglo. Lo verdaderamente nuevo de 2026 no es que se suba dos veces. Es cómo se sube.



Lo que de verdad no había pasado


En 1979, el Tour terminó en Alpe d'Huez dos jornadas consecutivas. La etapa 17, de 167 kilómetros desde Les Menuires, la ganó el portugués Joaquim Agostinho. La 18, un extraño circuito de 119 kilómetros que arrancaba en la propia cima y volvía a ella, cayó del lado de Joop Zoetemelk. Fue la única vez en la historia, hasta ahora, que la carrera coronó el Alpe en días sucesivos.

La diferencia con 2026 es de naturaleza, no de repetición. En 1979 se subieron las mismas 21 curvas dos veces, la misma carretera, el mismo perfil. En 2026 la etapa 19 llega por el trazado clásico de las 21 curvas, mientras que la 20 ataca por el Col de Sarenne, la cara sureste, utilizada como vía de acceso a la meta por primera vez en la historia del Tour. La organización lo resume con precisión: el Alpe mostrará sus dos rostros. Esa es la primicia. No dos veces la misma montaña, sino dos montañas dentro de la misma.


La lección que dejó Agostinho

El precedente de 1979 no es solo un dato de almanaque. Es una advertencia táctica que conviene leer antes de dar por hecho que dos finales en alto garantizan una batalla por el maillot amarillo.

Aquel Tour era un duelo entre Bernard Hinault y Joop Zoetemelk, que terminaron la carrera con casi media hora de ventaja sobre el resto del pelotón. Y sin embargo, en las dos jornadas del Alpe, los dos favoritos no se destrozaron mutuamente. La gloria de las etapas se la repartieron un veterano y un corredor que peleaba por otra cosa. Agostinho tenía 37 años y subió con la fuerza de un hombre diez años más joven, sacando más de tres minutos al grupo. La primera vez que el Tour hizo doblete en el Alpe, los que decidían la general se vigilaron, y los que ganaron fueron los que no tenían nada que perder.

Ahí está la lección incómoda: dos llegadas idénticas y consecutivas tienden a paralizar la cabeza de la carrera. Cuando un líder sabe que mañana vuelve a subir exactamente lo mismo, el cálculo se vuelve conservador. Atacar el primer día es arriesgar quedar expuesto el segundo, sobre la misma pendiente, sin margen de recuperación. La igualdad del terreno, lejos de forzar la ofensiva, invita a la prudencia. En 1979, la repetición congeló arriba y liberó abajo.

Agostinho, además, dejó a este relato una sombra que a un lector ibérico no se le escapa. Cinco años después de su tarde en el Alpe murió en carrera, en la Volta ao Algarve de 1984, tras chocar con un perro suelto en el trazado y caer de cabeza. El último hombre que ganó una etapa del Alpe dentro de un doblete era portugués, y su historia terminó del modo más absurdo que el ciclismo puede ofrecer. La montaña que lo hizo leyenda no fue la que se lo llevó.


Por qué 2026 rompe el guion de 1979

Si el Tour de 2026 se limitara a repetir el formato de 1979, la predicción sería sencilla: neutralización arriba, fuga por delante, general intacta hasta la crono o hasta los Alpes finales. Pero el planteamiento de 2026 introduce una variable que en 1979 no existía, y que lo cambia todo.

La etapa 20 no es la etapa 19 otra vez. Es más dura, mucho más dura. Suma Croix de Fer, Télégraphe, Galibier y el ataque final por el Sarenne, y supera los 5.000 metros de desnivel acumulado. El Galibier vuelve a ser, a 2.642 metros, el techo del Tour. Y el Sarenne, abordado por su flanco sureste por primera vez, es terreno desconocido para todos: nadie ha corrido una llegada al Alpe por ahí.

Esto desactiva el mecanismo de 1979. La prudencia del líder se basaba en saber exactamente lo que le esperaba al día siguiente. En 2026, el segundo día es a la vez más exigente y menos conocido. Ya no se trata de repetir un esfuerzo medido, sino de afrontar una etapa reina sobre unas piernas vaciadas la víspera. El favorito que llegue reservón al domingo puede encontrarse con que el terreno le exige más de lo que ha guardado.


El cuerpo del ciclista ante el doblete

El impacto físico de dos finales en alto consecutivos no reside en ninguna de las dos subidas por separado, sino en la ausencia de recuperación entre ambas. Un esfuerzo máximo en altitud deja el organismo con las reservas de glucógeno agotadas, microdaño muscular y un sistema nervioso al límite. La recuperación real de un esfuerzo así se cuenta en días, no en horas. El domingo, los corredores atacarán la etapa más dura de la tercera semana con la factura del sábado todavía sin pagar.

Aquí es donde el planteamiento se vuelve cruel de forma deliberada. La etapa 19, por la vía clásica, funciona como un filtro y como una trampa: quien se emplee a fondo el sábado para ganar o para recortar tiempo, llegará al domingo hipotecado. Quien se guarde, cede terreno el sábado y se juega todo en un dominio que nadie conoce. No hay opción cómoda. El diseño obliga a elegir entre dos formas de sufrimiento, y castiga las dos.

En términos psicológicos, la repetición añade su propia presión. Subir dos veces las 21 curvas, atravesar dos veces el Dutch Corner y su marea naranja, encarar dos veces la misma pared visible desde el valle, desgasta antes de pedalear. El primer día se sube sabiendo que hay que volver. El segundo, con la memoria de lo que costó el primero.


Lo que está en juego

El Tour de 2026 ha construido su desenlace sobre una apuesta de guion: que la general no se decida hasta el penúltimo día, sobre una montaña que la afición reconoce de memoria y que aun así se presenta desconocida por un flanco nuevo. La historia de 1979 dice que dos finales iguales pueden paralizar a los grandes y premiar a los audaces. La geografía de 2026 dice que esta vez los dos finales no son iguales, y que la prudencia puede salir más cara que el ataque.

El Alpe d'Huez lleva subiéndose desde que Coppi lo estrenó en 1952. La organización lo retiró durante dos décadas porque lo consideró demasiado fácil después de verlo escalar rápido. Setenta y cuatro años más tarde, el Tour ha encontrado la manera de hacerlo difícil otra vez: no cambiando la montaña, sino obligando a subirla dos veces, la segunda por un camino que nadie ha recorrido en carrera. La misma cima, dos guerras distintas. Es, exactamente, lo que a un aficionado le gustaría no perderse.

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